Reflexión 1: La belleza de la complejidad

En el mundo del arte se tiende a contemplar lo complejo como bello, es un hecho, un mero enunciado informativo. La duda reside en la búsqueda de un porqué, o varios, ante este suceso.

Debe haber muchos razonamientos, y muchas intentonas banales, que pretendan explicar este acontecimiento. Algunas de estas explicaciones, dadas por personas de la calle, como tú o como yo (o como mis tres o cuatro amigos a los que he interrogado hasta la saciedad en busca de algún: “es por esto”), se basan en lo inalcanzable de estas composiciones.

Sí, es una razón válida (que no una verdad). Contemplar la inmensidad del Guernica de Pablo Picasso o algunos de los versos más intrincados de la enrevesada poesía de Pessoa y su familia heterónima, pueden producir en uno mismo ese sentimiento de majestuosidad, ese sentimiento de algo incomprensible, algo que se escapa de nuestras posibilidad, ya no solo por la ejecución, también por la fase imaginativa de esas obras.

Pero… ¿no es también complejo un poema de versos mundanos, que con su normalidad, con su actualidad constatada, consigue hacer sentir al receptor? En otras palabras, ¿la simplicidad o la sencillez no tienen en su mundo interior complejidad?

Quizás nos aventuramos muy pronto a intentar resolver el porqué de la belleza y la complejidad, o la complejidad en los sucesos mundanos y sencillos. Cuando siquiera pensamos que la belleza es algo subjetivo, que los cánones son una mera invención social y que, realmente, el concepto de belleza es un algo indescifrable.

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